Desesperanza.

Alexandra se posó en el ventanal del décimo piso de uno de los edificios más sofisticados de la ciudad. No era su valentía lo que le había llevado a ello, ni a que sus piernas colgaran, inertes, por encima de miles de ciudadanos hipnotizados por el tic-tac de sus vidas.

Alexandra se que quedó suspendida, ensimismada. Había llegado al punto de su vida en que se preguntaba si le quedaba vagamente un atisbo de esperanza. Si la esperanza era lo último que se perdía, la suya estaba en el límite. A punto de desbravarse como el gas de una botella de cava olvidada en alguna mesa la noche de San Juan. Observaba delante de sí dos postes de electricidad sosteniendo unos cables de alta tensión. Los que, a su vez, sostenían dos palomas. Parecía que hicieran equilibrios. Le sorprendió el símil. ¿Es que no era eso sino, lo que había estado haciendo constantemente, intentar mantener el equilibrio?
Lo había hecho, sin duda con dificultad. ¿Y… cuál era el resultado?
Un vacío como respuesta era lo único que su mente osaba responder.
Ira, tristeza, desilusión es lo que sentía.